Una mirada que pareciera pesimista pero es entendible, si miramos con la empatía de saber que cuando los años también se nos vengan encima (Dios quiera que sea dentro de muuucho) quizas también hablemos como Pinti...que lo disfruten!
El tiempo pasa. A veces rápido, otras lentamente. Deja huellas. Algunas buenas, otras malas. Y en su imparable andar, con ayuda de nuestra memoria, que no siempre es fiel y exacta, embellece, afea, modifica y hasta borra nuestras experiencias de vida, otorgando y quitando valores que en su momento fueron importantes.
Es increíble, pero real, que las épocas pasadas parezcan casi siempre mejores y más positivas, incluso aquellas etapas en las que han ocurrido desgracias, hecatombes y acontecimientos nefastos. Pero en la perspectiva histórica nosotros nos vemos más jóvenes, más vigorosos y más ilusionados, y pasamos por alto los problemas de antaño, que en su momento fueron angustiantes y que hoy nos parecen menores cuando los comparamos con los que tenemos que enfrentar cotidianamente.
Los veteranos de hoy hablamos de la década de los sesenta y añoramos el ímpetu y las ganas de cambiar el mundo burgués y cuadriculado de los rígidos cincuenta, nuestros ideales, el amor y no la guerra, el poder de las flores, las largas melenas de una rebeldía al ritmo del rock, las utopías de acabar con la miseria, el hambre y el sometimiento a los grandes intereses de los amos del mundo. Echamos de menos aquellos acalorados debates en los cafés donde se discutía a viva voz desde el cine de la Nouvelle Vague francesa hasta las revoluciones sociales latinoamericanas. Extrañamos aquella polarización de opiniones a favor o en contra del imperio yanqui o el oro de Moscú y el arte por el arte o el arte como tribuna político-cultural para lograr un mundo más justo.
La corrección política era la incorrección, la revolución era el objetivo sagrado y cualquier opinión medianamente moderada era aplastada con ironías, burlas y alguna que otra trompada.
Uno guarda en su memoria aquellas fotos fijas de nosotros y nuestros amigos del alma tocando la guitarra en peñas folklóricas hasta la madrugada, aquellas calles húmedas testigos de rebeldías, besos furtivos y borracheras desenfrenadas. Y parece que fue ayer, pero fue hace casi medio siglo... Y todo es diferente e igual o parecido pero, sea como sea, nos parecen mejores aquellos tiempos. Hay algo masoquista en esa sensación. Es como una negación de una parte de aquella foto fija que registró las decepciones, las persecuciones, la incomprensión de los mayores, la represión indiscriminada de bastones largos y mentes cortas, los bajones, los exilios internos o externos, los miedos y las amarguras. Nos empeñamos en no ver lo malo, exaltamos lo bueno, y está muy bien que rescatemos la buena fe y el convencimiento de que queríamos lo mejor para nuestra sociedad, pero también es recomendable la autocrítica de lo pasado y la revalorización de un presente en el que, más viejos pero también más sabios, podemos reformular nuestros deseos de ser mejores y reciclar aquellas energías aprovechando la enorme fortuna de haber llegado vivos y lúcidos a nuestra tercera edad. Aferrarse al pasado, a nuestras ilusiones y a nuestros ideales (por devaluados que parezcan estar) puede convertirse en un hecho positivo si uno encuentra el equilibrio entre lo que hay y lo que falta, lo que había y se perdió y lo que se agregó y puede realizarse todavía.
Siempre defenderemos nuestras épocas, siempre nos parecerán mejores, pero no neguemos las cosas positivas que, en medio de las tormentas que han sacudido esta primera década del siglo veintiuno, nos indican que aquellas ilusiones siguen teniendo sentido y que los locos gobernantes del mundo continúan cacareando éxitos en medio del caos y la barbarie, que la guerra sigue matando igual que antes y por las mismas razones, que no hay sistema mágico e infalible que ayude al género humano a vivir mejor, que a pesar de las luchas y los manejos burdamente mercantilistas, científicos y sabios aún se queman las pestañas para hallar antídotos para enfermedades, y que, más allá de una aparente abulia e indiferencia, muchos jóvenes tratan de canalizar sus sueños con la misma fuerza que nosotros teníamos allá en aquella foto fija, con el pelo más largo y la risa más sonora, pero con la misma luz en la mirada.
Hay demasiadas cosas que están mal como para quedarse encerrados en la cueva de la resignación.